Monday, December 05, 2005

Los precursores del escolasticismo



Lucio Anneo Séneca, el primero de nuestros filósofos y el más sabio moralista que produjo el mundo pagano, escribió principalmente sobre la Ética, no tratando sino muy poco, y eso por incidencia, de la naturaleza de los animales. De sus escritos se deduce que Séneca consideraba a los brutos dotados de la facultad de sentir y colocados en un grado superior al de las plantas, aunque inferior al del hombre. El filósofo de Córdoba admitía, como todos los estoicos, la que pudiéramos llamar sin impropiedad animación de la Tierra, y esta alma o espiritu universal era, según él, la causa de cuantos fenómenos se verificaban en el reino mineral, lo mismo que en el vegetal y en el animal.
Hinc pecudes, armenta, viros; genus omne ferarum, Quemque sibi tenues, nascentem arcessere vitas, como cantó el poeta. El alma del mundo terrestre era, según los estoicos, un elemento ígneo o acuoso, de donde podríamos inferir que el alma de los brutos era para Séneca una partícula de este gran elemento. Sin embargo, toda vez que no aparece con mucha claridad su opinión en este punto, no seré yo quien, sin datos más claros y terminantes, me atreva a tildar de panteísta ni de materialista al preceptor insigne del último y más criminal de los Césares.
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No aparece con más claridad que la de Séneca la doctrina de nuestro Prisciliano. Este ingenioso y turbulento heresiarca, que enseñó los errores de gnósticos y maniqueos, corregidos y aumentados, decía que las almas estaban condenadas a perpetua transmigración o metempsícosis, hasta purificarse del pecado; y de esto podríamos deducir que Prisciliano admitía la espiritualidad e inteligencia del alma de los brutos, porque siendo ésta, según su teoría, igual a la del hombre, debía participar de idénticas propiedades y naturaleza. Mas no podemos asegurar con certeza que fuera éste el parecer de Prisciliano, pues en ninguna parte trató exprofeso y claramente esta cuestión, y, además, bien pudo suceder que, afirmando que el alma del bruto fuera la misma que la del hombre, dijera, no obstante, que cada uno de estos seres poseía diferentes potencias y propiedades, por la diversidad de órganos que poseían y de circunstancias que concurrían en el desenvolvimiento de su actividad anímica.
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Los demás filósofos antiguos de nuestra España no enseñaron acerca de los animales teoría alguna digna de especial mención, limitándose los más de ellos a decir que los brutos disfrutaban de vida sensitiva, careciendo de funciones intelectuales.
Así lo enseñaron Liciniano, San Martín Dumiense, San Braulio, los Padres de Toledo, y muy principalmente San Isidoro de Sevilla, el cual escribe en el núm. 16 del libro II De Differentiis que el género animal es irracional, mortal, y animado únicamente por el movimiento de la carne y de la sangre, por lo cual cesando la vida del animal perece también su alma.
El Doctor de las Españas repite muchas veces, sobre todo en el Libro de las Sentencias, que los brutos carecen de inteligencia y raciocinio, motivo que induce a creer que serían muchos en aquella época los que con Lactancio y Arnobio les concediesen esta facultad. El ilustre arzobispo de Sevilla empleó además todo el libro XII de las Etimologías en tratar de los animales, y allí refiere sus diversas especies, los parajes que habitan y los distintos casos en que el hombre puede utilizarlos.

La doctrina de San Isidoro prevaleció en la Edad Media y fue la que en dicho período enseñaron los filósofos ortodoxos españoles. Así, entre otros, escribe Raimundo Sabunde en su nunca bien alabado Libro de las criaturas que los brutos ocupan en la escala de los seres un grado intermedio entre las plantas y el hombre; que se hallan sujetos a éste y que, no obstante las maravillosas operaciones de algunos, carecen de razón, como lo atestigua el ser incapaces de perfectibilidad y de progreso.
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El infatigable escritor y apóstol Raimundo Lulio, el filósofo español más ilustre de la Edad Media, enseñó después de San Isidoro y antes que Sabunde, que los brutos están dotados de vida vegetativa y sensitiva, pero en manera alguna de vida racional. El alma o principio vital de estos seres es, según Lulio, material por depender de la materia en el existir y en el obrar, y comienza por generacion, pereciendo por corrupción. Esta alma sensitiva es en unos seres más perfecta que en otros y se denomina activa en cuanto que es causa de las sensaciones y pasiva por recibir impresiones de los objetos. Los brutos poseen no sólo sentidos externos, sino también internos, no siendo todos ellos, en opinión del filósofo mallorquín, sino otros tantos instrumentos mediante los cuales el animal ejercita su facultad de sentir.
Como hemos visto, los filósofos españoles hasta Lulio habían pensado con notable acierto y casi unánimemente acerca de los brutos. Todos ellos, si exceptuamos a Prisciliano, cuyo parecer no se ve con entera claridad, admitían en los brutos sensibilidad y les negaban inteligencia, afirmando también, de común acuerdo, que el principio vital que les animaba distaba inmensamente del humano por ser divisible y mortal.
El que en algunos puntos no anduvieran más explícitos y el que no adujesen en favor de sus aserciones mayor número de pruebas nacía de que aún no habían existido filósofos que, como Gómez Pereira, hubieran negado a los brutos la sensibilidad, y por tanto, no había para qué extenderse en probar lo que nadie ponía en duda. Por lo demás, nadie podrá negar que San Isidoro y Raimundo Lulio resolvieron con gran discernimiento la cuestión, anticipándose a decir lo que más tarde habían de enseñar con toda amplitud los escolásticos.